Judit Polgar, la reina del ajedrez que desafió al rey

Última actualización: 17 de febrero de 2026
Autor: Isaac
  • La educación experimental de las hermanas Polgar convirtió a Judit en la mejor ajedrecista del mundo a los 12 años y en la gran maestra más joven de la historia con 15 años.
  • Su carrera estuvo marcada por la decisión de competir casi siempre contra hombres y por su rivalidad con Garry Kasparov, incluido el célebre incidente de la pieza tocada en Linares 1994.
  • El documental de Netflix Queen of Chess repasa su vida, la dureza del método de su padre y el machismo estructural del ajedrez de élite.
  • Retirada desde 2014, Judit impulsa el ajedrez como herramienta educativa y se ha convertido en referente para nuevas generaciones de jugadoras y jugadores.

Judit Polgar jugando al ajedrez

La historia de Judit Polgar es la de una niña educada para ser campeona y que, contra todo pronóstico, acabó cambiando para siempre la percepción de lo que una mujer podía lograr sobre el tablero. Críada en una familia que convirtió el ajedrez en el centro absoluto de su vida cotidiana, pasó de ser una promesa precoz en Hungría a convertirse en una de las figuras más influyentes de la historia de este deporte mental.

Su trayectoria, marcada por una disciplina casi extrema, por la decisión de competir contra hombres y por una célebre rivalidad con Garry Kasparov, ha vuelto a primera plana gracias al documental de Netflix Queen of Chess. Esta producción revisa no solo sus victorias y récords, sino también el contexto de machismo, presión familiar y experimentación pedagógica en el que se forjó su talento.

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Un experimento familiar que cambió el ajedrez

Desde el principio, el proyecto de László y Klara Polgár no fue el típico plan de unos padres orgullosos, sino un experimento pedagógico deliberado: querían demostrar que la genialidad no es innata, sino el resultado de una educación específica y un trabajo sistemático. Eligieron el ajedrez como campo de prueba y, sin saberlo aún, también eligieron convertir a sus hijas en un símbolo de igualdad de capacidades entre hombres y mujeres.

Las tres hermanas —Susan, Sofía y Judit— apenas pisaron la escuela convencional; acudían solo para examinarse mientras en casa seguían un programa intensivo de estudio con el ajedrez en el centro. Según ha relatado la propia Judit, en los años más duros la rutina podía incluir tres sesiones diarias con entrenadores: de 10:00 a 13:00, de 14:00 a 17:00 y de 17:00 a 21:00, también fines de semana y festivos, salvo en los periodos previos a exámenes, en los que concentraban el resto de materias.

Lejos de ser un experimento improvisado, tanto László como Klara habían estudiado pedagogía, algo que el documental apenas menciona. Ese dato ayuda a entender por qué, pese al aislamiento inicial y la intensidad del entrenamiento, las hermanas Polgar crecieron como mujeres extrovertidas, políglotas y cultas. Susan llegó a hablar siete idiomas, y sus hermanas cuatro o cinco cada una.

El entorno político tampoco se lo puso fácil. La familia, judía y con pocos recursos, chocó con la oposición del gobierno y de la Federación Húngara de Ajedrez. Hubo momentos de tensión extrema: Klara recuerda cómo la policía llegó a irrumpir en la casa armada, amenazando con enviar a los padres a prisión o a un psiquiátrico y a las niñas a un orfanato. Todo cambió tras un resultado que dio la vuelta al mundo ajedrecístico.

Del oro olímpico a la cima del ranking mundial

En la Olimpiada de Ajedrez femenina de Tesalónica 1988, Hungría presentó una alineación que sorprendió a la prensa: el equipo lo formaban cuatro jóvenes jugadoras, entre ellas las tres hermanas Polgar —Susan (19), Sofía (14) y Judit (12)— y su compañera Ildikó Mádl. La presencia de tres hermanas en la selección de un país puntero en ajedrez despertó una curiosidad inmediata.

Lo que parecía una apuesta arriesgada terminó siendo histórico: aquel cuarteto logró arrebatar el oro olímpico a la todopoderosa selección soviética, dominadora absoluta durante tres décadas. La actuación individual de Judit, con 12 victorias, unas tablas frente a Levitina y ninguna derrota a los 12 años, fue calificada de casi irrepetible y confirmó que aquella niña no era solo una promesa, sino una futura revolucionaria del tablero.

Sus hermanas también dejaron huella: Susan se coronó más tarde campeona del mundo femenina y jugó un papel clave en la popularización del ajedrez, mientras que Sofía, aunque se retiró muy pronto de la competición, protagonizó una de las hazañas más comentadas por una mujer al ganar el Open de Roma con solo 14 años.

A partir de entonces, la figura de Judit no dejó de crecer. A los 12 años ya era la mujer mejor clasificada del ranking mundial, con un Elo de 2555. En 1991, con 15 años y 4 meses, batió el récord de Bobby Fischer y se convirtió en la persona más joven en alcanzar el título de gran maestro internacional. Todavía era casi una cría cuando ya se sentaba frente a rivales que le doblaban o triplicaban la edad.

Uno de los rasgos que marcaron su carrera fue una decisión estratégica: desde muy pronto optó por evitar los torneos exclusivos femeninos para medirse principalmente contra hombres. Para progresar, entendió que debía competir en el circuito absoluto, aunque eso supusiera entrar de golpe en un entorno mayoritariamente masculino y, muchas veces, abiertamente hostil.

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Linares 1994: la reina desafía al rey

En 1994, Judit fue invitada por primera vez al supertorneo de Linares, en Jaén, considerado entonces el «Wimbledon del ajedrez». Llegaba ya convertida en una estrella emergente, pero aún con margen para crecer: tenía un Elo de 2630 puntos, mientras que Garry Kasparov seguía intratable en la cima con 2805, muy por encima del resto del mundo.

Su comienzo en el torneo fue irregular. Cayó en la primera ronda contra Miguel Illescas, se rehízo derrotando a Veselin Topalov en la segunda y firmó dos tablas con Vasyl Ivanchuk y Boris Gelfand. La quinta ronda la emparejó con Kasparov, el campeón del mundo y número uno indiscutible. Aquella partida concentró la atención mediática: frente a frente, la mejor ajedrecista del planeta contra el dominador absoluto del ajedrez masculino.

La partida comenzó con 1.e4 y Kasparov respondió con su Siciliana Najdorf predilecta. Judit optó por una agresiva formación con la dama trasladándose a g3 vía e1, mientras que las negras adoptaban una estructura tipo Scheveningen, con peones en e6 y d6. Desde los primeros compases, la húngara mostró una actitud combativa, lanzando el sacrificio temático 16.Ah6 que obligó a la respuesta defensiva …Ce8.

En un momento crítico, las blancas tenían a su disposición el avance g4 con idea de seguir con g5 y asfixiar el enroque rival. Sin embargo, Polgar eligió una opción más tranquila con 21.Tfe1, posiblemente preocupada por la posibilidad de un sacrificio de peón central …d5 que liberase el juego negro. Esa elección marcó un punto de inflexión en la partida.

La presión de Kasparov fue creciendo y, tras el impreciso 27.Ae2?, el ruso respondió con 27…Axe4!, capturando un peón clave y obteniendo una ventaja casi decisiva. La posición de las negras, con la dama en c4, el caballo saltando a g4 y el peón pasado en e3, terminó siendo demasiado para la defensa blanca. Judit acabaría inclinando su rey en 46 jugadas, ante la amenaza de un mate inminente sobre el rey en h2.

El famoso incidente de la pieza tocada

Más allá del resultado deportivo, lo que hizo célebre a esa partida fue un momento polémico que todavía hoy se sigue discutiendo: el llamado incidente de la regla de pieza tocada. En una fase avanzada del encuentro, Judit acaba de maniobrar su caballo de b3 a d2. Kasparov tomó entonces su caballo de d7 y lo colocó en la casilla c5. Según el reglamento, una vez sueltas la pieza, el movimiento es obligatorio.

Judit, sentada frente a él, tuvo la clara impresión de que Garry había llegado a soltar el caballo en c5, pero el campeón, en menos de un segundo, volvió a cogerlo al darse cuenta de que una respuesta como Ab7-c6 sería devastadora, atacando simultáneamente dama y torre. Devolvió entonces el caballo a d7 y más tarde lo reubicó en f8. Sin pruebas y sin árbitro que hubiese visto la jugada, Polgar no presentó ninguna reclamación en ese momento y continuó la partida, que terminó perdiendo.

Tras el encuentro, todo invitaba a pensar que el asunto quedaría en una anécdota sin consecuencias. No había acta arbitral ni constancia oficial del presunto error. Pero una cámara situada a pocos metros del tablero, que nadie estaba manejando directamente, había estado grabando. Al revisar la cinta, se comprobó que, durante una fracción de segundo, Kasparov había soltado efectivamente el caballo en c5.

El movimiento 36…Cc5?, que parecía perder material tras 37.Ac6, en realidad tampoco conducía a una derrota tan clara como se pensó en un primer momento. El análisis posterior mostró que, tras 37…Dh4 38.Axe8 y 38…Cg4, incluso con calidad de menos el ataque negro podía forzar, en la mejor de las hipótesis para las blancas, un jaque continuo: h3, …Cf2+, etc., con tablas por jaque perpetuo. Aun así, la cuestión de fondo no era el valor objetivo de la jugada, sino la vulneración de la regla.

Cuando Judit tuvo acceso a las imágenes y comprobó lo que había ocurrido, se sintió traicionada y se encaró con Kasparov al término del torneo, preguntándole cómo había podido actuar de ese modo. Durante los tres años siguientes, apenas se dirigieron la palabra. Ese episodio, ampliado y revisado fotograma a fotograma en el documental de Netflix, se ha convertido en uno de los momentos más famosos de la historia reciente del ajedrez.

De la rivalidad al respeto mutuo

Con el paso del tiempo, la relación entre ambos cambió de signo. Pese al conflicto inicial, Kasparov y Polgar terminaron forjando una amistad basada en el respeto deportivo. Años más tarde, Garry incluso invitó a Judit a participar en uno de sus campos de entrenamiento, un gesto significativo si se tiene en cuenta lo celoso que siempre fue el campeón con sus métodos de trabajo.

La rivalidad entre ambos, tanto en el tablero como a nivel simbólico, ocupa un lugar central en Queen of Chess. El documental muestra cómo, a lo largo de 17 enfrentamientos, el balance favoreció ampliamente al ruso: 12 victorias suyas, cuatro tablas y solo una derrota frente a la húngara. Esa única victoria de Judit llegó en un torneo rápido en Moscú en 2002, una modalidad donde el factor sorpresa y el ritmo de juego aumentan el margen de error de los grandes campeones.

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Para muchos aficionados, la imagen de aquella victoria —la «reina» derrotando por fin al «rey»— tiene un peso casi tan simbólico como sus récords de precocidad. El propio documental recoge bien la carga emocional de ese logro: se percibe la magnitud del momento, el ambiente en la sala y la sensación de que, con esa partida, se cerraba un círculo iniciado en Linares casi una década antes.

Más allá de Kasparov, la carrera de Polgar estuvo llena de episodios reveladores sobre el machismo en la élite. No era raro que, tras perder contra ella, algunos rivales abandonasen la mesa sin darle la mano, rompiendo con una de las normas no escritas más sagradas del ajedrez, tanto profesional como aficionado. Esas reacciones, captadas en muchas ocasiones por las cámaras, dejaron claras las resistencias que despertaba una mujer capaz de competir de tú a tú con los mejores.

Una pionera en un mundo masculino

Desde el siglo XVI, cuando el clérigo español Ruy López de Segura fue considerado oficiosamente el mejor jugador del mundo, solo una mujer ha logrado entrar en el top 10 absoluto: Judit Polgar. Incluso hoy, la presencia femenina en el top 100 sigue siendo muy minoritaria pese a que la fuerza física no desempeña ningún papel en el rendimiento sobre el tablero.

La propia Judit fue consciente desde niña de que, si quería llegar lejos, debía medirse contra los hombres y evitar acomodarse en el circuito femenino. Esa elección la obligó a aterrizar de golpe en un entorno masculino con usos y costumbres muy marcados. En Linares 1994, por ejemplo, en su primera ronda se encontró a Kasparov en el baño de señoras: no se trataba de un error, sino de un síntoma de que en las ediciones anteriores prácticamente no había habido mujeres participantes y el campeón había tomado la costumbre de usar ese aseo.

Con el tiempo, su brillantez constante acabó rompiendo muchos prejuicios. Una anécdota significativa la protagonizó Viswanathan Anand, cinco veces campeón del mundo y figura respetada en el circuito, cuando proclamó públicamente: «Judit ya es una de los nuestros». No era solo un reconocimiento deportivo; era también una forma de validar su lugar en un espacio tradicionalmente cerrado.

Quienes la han tratado de cerca suelen subrayar su memoria fotográfica y su capacidad analítica, pero también una combinación poco habitual de inteligencia, empatía y bagaje cultural. Pese a no haber seguido la escolarización al uso, muchos aseguran que, sin saber su historia, nadie diría que casi no fue a clase, salvo para pasar exámenes.

Ese equilibrio entre una formación autodidacta intensiva, el contacto temprano con otros ajedrecistas en Budapest —adultos y niños— y los frecuentes viajes internacionales parece haber sido clave. La propia Judit, tras visitar más de un centenar de países, ha dado a entender en varias ocasiones que viajar es una escuela de vida insustituible, algo que pudo compensar parte del aislamiento inicial.

Luces y sombras del método Polgar

El documental Queen of Chess, dirigido por Rory Kennedy, se centra principalmente en el recorrido deportivo de Judit y en su relación con Kasparov, pero muchos críticos señalan que pasa de puntillas por algunos aspectos incómodos. Apenas destaca que sus padres eran pedagogos, y se detiene poco en la reflexión de fondo sobre el experimento educativo al que sometieron a sus hijas.

En las entrevistas actuales, Judit recuerda aquellos años como una época de trabajo constante, con jornadas de hasta diez horas diarias dedicadas al ajedrez. Kennedy intercala testimonios contemporáneos con abundante material de archivo de los años ochenta y noventa, un recurso clásico del género documental que, en este caso, funciona bien para dar voz a la Judit adulta sobre las imágenes de la niña prodigio que pocos escuchaban directamente en aquel momento.

Sin embargo, algunos comentaristas echan en falta que el filme profundice más en la dimensión emocional del proyecto familiar. Se plantean abiertamente acusaciones de posible abuso psicológico en la forma en que el padre impuso su idea de grandeza, obligando a las niñas a renunciar desde muy pequeñas a una vida más convencional. László aparece también ante la cámara, por separado, y admite que lo pasó mal cuando sus hijas se casaron y dejaron de seguir su plan al pie de la letra.

En un momento clave, el propio László confiesa que, en su opinión, Judit no llegó a ser número uno absoluto del mundo porque, para conseguirlo, hubiera tenido que entrenar «tres o cuatro horas más al día» de lo que ya hacía. La frase, recogida en los minutos finales del documental, refleja por un lado la obsesión casi ilimitada del padre y, por otro, la enorme exigencia a la que se vio sometida Judit desde la infancia.

Llama la atención que ninguna de las tres hermanas haya replicado el mismo método con sus propios hijos. Esa ausencia sugiere que, pese a los resultados espectaculares, las Polgar son muy conscientes del coste personal que implicó aquel experimento. El documental, no obstante, apenas explora esa decisión y mantiene un enfoque más centrado en los logros deportivos y la lucha contra la discriminación.

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Una mirada crítica desde el cine documental

Queen of Chess llega respaldado por Netflix y se enmarca en una corriente más amplia de documentales y películas centradas en mujeres reales cuyas historias habían quedado relegadas. En los últimos años, producciones como Hidden Figures, Big Eyes o The Woman King, junto con retratos documentales de figuras como Marlee Matlin o bandas femeninas alternativas, han contribuido a recuperar nombres y trayectorias que apenas habían tenido espacio en el gran público.

En este contexto, la figura de Judit encaja con naturalidad. Durante buena parte de su carrera fue tratada como una curiosidad: demasiado joven, demasiado mujer, demasiado distinta para que muchos se la tomaran en serio como amenaza real. El documental recuerda con abundante material de archivo cómo se hablaba de ella en los años noventa, con condescendencia y estereotipos que hoy resultan chocantes.

La película alterna entrevistas actuales con montaje de partidas, planos de archivo y una banda sonora que apuesta en ocasiones por un tono de punk rock femenino. Kennedy recurre a recursos visuales dinámicos, como transiciones llamativas o el uso casi forense de la repetición de imágenes en el análisis del incidente de Linares, donde la famosa jugada del caballo de Kasparov se examina con el rigor de un vídeo histórico descompuesto fotograma a fotograma.

Pese a ese esfuerzo formal, varios análisis subrayan que el resultado se ajusta bastante al molde del documental de gran público, eficaz a la hora de mantener el interés, pero quizá menos dispuesto a adentrarse en zonas más crudas. Las propias intervenciones de Kasparov, que hoy valora y admira a Judit, contienen aún comentarios con un poso de misoginia que quedan flotando en el aire sin mucha réplica por parte de la narración.

En cualquier caso, el consenso es que el filme funciona como puerta de entrada accesible a la vida de Polgar y a la realidad de un deporte en el que la desigualdad de género sigue siendo un tema pendiente. La combinación de tensión competitiva —ver a alguien ganar o perder partidas sigue siendo sorprendentemente absorbente— e historia personal convierte a la cinta en una pieza capaz de enganchar también a quienes no conocen a fondo el mundo del ajedrez.

Retirada de la élite y nuevo tablero: la educación

En 2014, con 38 años, Judit decidió retirarse de la competición profesional. Para entonces ya había conseguido lo que ninguna otra mujer antes: llegar al octavo puesto del ranking mundial absoluto. Lejos de alejarse del ajedrez, ha volcado sus energías en promoverlo como herramienta educativa, convencida de que su valor va mucho más allá del resultado deportivo.

En sus declaraciones recientes, insiste en que los principios que guiaron su propia formación —la idea de que el talento se cultiva con trabajo y método— pueden aplicarse de manera menos extrema a la educación general de niños y niñas. Defiende el ajedrez como un recurso eficaz para desarrollar la concentración, la paciencia y el pensamiento crítico, y participa en proyectos que lo introducen en colegios y programas extraescolares.

La recepción del documental ha generado un aluvión de mensajes de espectadores de todo el mundo, muchos de ellos padres y madres que se han sentido interpelados por su historia. Judit ha compartido, por ejemplo, el mensaje de una persona que le escribió tras ver la película: «No había oído hablar de ti hasta que te vi en Netflix. Cuando mi hija tenía siete años, le regalé un juego de ajedrez. Entiendo el orgullo de tu padre». Para Polgar, ese tipo de reacciones son la mejor prueba del impacto inspirador que puede tener su historia.

Ella misma ha reconocido que esperaba justamente eso: que muchas niñas y niños se animaran a empezar a jugar después de conocer su trayectoria. Su figura, que durante años fue casi de culto dentro del círculo ajedrecístico, ha pasado ahora a ocupar un espacio mucho más amplio en el imaginario colectivo gracias a la difusión global de la plataforma de streaming.

Mientras el ajedrez sigue viviendo un auge mediático alimentado por series de ficción y competiciones en línea, el relato de Judit Polgar aporta una capa de realidad compleja y matizada a la imagen romántica del genio solitario. Su vida muestra tanto el poder de una educación enfocada y la capacidad de una mujer para derribar barreras en un entorno hostil como las tensiones familiares, los sacrificios personales y las preguntas incómodas que acompañan a cualquier historia de éxito extremo.

El recorrido de la niña prodigio húngara que dejó en evidencia los prejuicios del ajedrez de élite, desafió al campeón más temido de su época y acabó transformando su obsesión en una herramienta para educar a nuevas generaciones demuestra que, detrás de los titulares y los récords, hay una biografía compleja en la que la ambición, el talento, la presión y el deseo de inspirar a otros se entrecruzan como piezas en una partida larga y difícil de imitar.