- Los controles de tiempo actuales del Campeonato Mundial y del Torneo de Candidatos son heredados de la era de los aplazamientos y mantienen hitos artificiales (jugadas 40 y 60) que ya no tienen justificación práctica.
- La ausencia de incremento desde el primer movimiento genera apuros de tiempo extremos que deterioran la calidad de las jugadas, tal y como muestran tanto la experiencia práctica como los estudios sobre rendimiento bajo presión.
- El reloj con incremento ideado por Fischer y los formatos modernos en rápidas, blitz y bala demuestran que un control simple con incremento desde el inicio es más lógico y fácil de entender que los sistemas por etapas.
- Un ritmo unificado de 130 minutos + 30 segundos de incremento desde la primera jugada permitiría partidas igual de largas, con menos arbitrariedad y mejores condiciones para que el resultado refleje la verdadera fuerza ajedrecística.

El debate sobre cómo deben ser los controles de tiempo en el Campeonato Mundial de Ajedrez y en el Torneo de Candidatos está más vivo que nunca. Los relojes marcan mucho más que los minutos: condicionan la calidad de las jugadas, el estilo de los jugadores y hasta el espectáculo que ve el público, tanto en directo como online.
Muchos aficionados dan por hecho que lo que establece la FIDE es intocable, casi sagrado, pero cuando uno se fija con calma en los reglamentos actuales, descubre una mezcla curiosa de reglas heredadas del siglo pasado, decisiones algo arbitrarias e incoherencias difíciles de justificar. A la vez, el ajedrez moderno ya no se parece al de la era de los aplazamientos y, sin embargo, parte de la estructura de tiempos sigue atada a ese mundo que desapareció en cuanto llegaron los ordenadores.
Por qué el control de tiempo importa tanto en el ajedrez de élite
En un torneo cualquiera puede parecer que el reloj es solo un accesorio, pero en el Torneo de Candidatos y en el Campeonato del Mundo se convierte en un protagonista silencioso. La forma en que se reparte el tiempo influye en la profundidad de cálculo, en la gestión del riesgo y en la cantidad de errores que veremos sobre el tablero.
La FIDE utiliza para el duelo por el título un control de tiempo clásico muy específico: 120 minutos para las primeras 40 jugadas, 60 minutos para las 20 siguientes y 15 minutos para el resto de la partida, con 30 segundos de incremento a partir de la jugada 61. Para el espectador ocasional esto puede sonar razonable, pero si lo miramos con lupa, aparecen varios problemas conceptuales que muchos expertos llevan tiempo señalando.
Los hitos de jugada 40 y jugada 60 se han convertido en una especie de frontera mágica dentro de la partida, aunque en realidad no hay nada intrínsecamente especial en esos movimientos. Son restos históricos de cuando existían los aplazamientos: la partida se interrumpía, se sellaba una jugada y se continuaba al día siguiente, todo ello organizado alrededor de esos bloques de 40 movimientos.
Hoy ya no se sella nada, no hay segundos analizando con tableros físicos toda la noche y, sin embargo, el esquema de tiempos sigue anclado a aquella forma de entender la competición. Esta falta de actualización coherente hace que situaciones de apuro de tiempo extremo sigan decidiendo partidas cruciales, algo que muchos consideran más propio de un show que de la máxima competición clásica.
De los aplazamientos a la era digital: cómo se jugaba antes
Durante buena parte del siglo XX, los grandes duelos por el título mundial, como los matches Fischer-Spassky o Kasparov-Karpov, se disputaban con un sistema que hoy suena casi romántico. Tras 40 jugadas, si no se había decidido la partida, se procedía al aplazamiento: uno de los jugadores sellaba su movimiento en un sobre y la lucha continuaba al día siguiente.
Entre sesión y sesión, los aspirantes contaban con equipos de analistas y segundos que exploraban variantes durante horas, intentando encontrar mejoras y sorpresas para la reanudación. Si la batalla se alargaba hasta la jugada 80, podía incluso extenderse a un tercer día con un nuevo aplazamiento, algo impensable en el calendario hipercompacto de los torneos actuales.
En aquel contexto, tenía sentido que el ritmo se dividiera en bloques de 40 movimientos: el control de tiempo marcaba también el momento de parar y sellar la jugada. Los jugadores no estaban obligados a resolver toda la partida en una sentada; podían respirar, replantear estrategias y volver al tablero con ideas frescas.
Con la irrupción de los ordenadores (como en el duelo Kasparov vs Deep Blue), este modelo se volvió insostenible. Permitir análisis durante la noche con motores tácticamente muy fuertes rompía la igualdad de condiciones, y la FIDE se vio empujada a eliminar los aplazamientos para evitar la influencia directa de los programas. La consecuencia fue que las partidas pasaron a decidirse en una sola sesión, pero los viejos hitos (jugada 40, jugada 60) se mantuvieron casi intactos por inercia.
Así, se dio un cambio radical en la realidad práctica de la competición sin acompañarlo de una revisión profunda de la lógica del control de tiempo. El resultado: una estructura híbrida, entre dos épocas, que todavía arrastra vicios del pasado y que no termina de encajar con el ajedrez profesional moderno.
La psicología del apuro de tiempo clásico
Antes de que existieran los incrementos, los controles habituales en grandes torneos exigían completar 40 jugadas en 2,5 horas y, más tarde, en 2 horas. La reacción humana ante cualquier plazo es muy previsible: se tiende a gastar demasiado tiempo al principio, cuando la posición es compleja, y a llegar fundido al final del bloque.
En ajedrez, eso se traduce en que las primeras 25-30 jugadas se juegan con bastante calma, mientras que las jugadas 31 a 40 suelen convertirse en un festival de nervios, prisas y decisiones a contrarreloj. El jugador se ve obligado a hacer muchas jugadas con un tiempo insuficiente, más preocupado por no perder por bandera que por encontrar la mejor continuación.
Esta dinámica provoca que, justo en una fase estratégica clave de la partida, la calidad de las jugadas caiga en picado. Basta con revisar bases de datos de partidas de élite para ver cómo aumentan los errores graves en esos tramos cercanos al primer control. Los apuros agudos transforman una lucha de ideas en una carrera de reflejos con el reloj como arma principal.
Los estudios en psicología cognitiva y en toma de decisiones bajo presión refuerzan esta impresión empírica: hay abundante literatura que demuestra que la falta severa de tiempo empeora la precisión, altera el criterio de riesgo y reduce el control ejecutivo. El ajedrecista, igual que cualquier otra persona sometida a estrés temporal extremo, empieza a ver menos, a confiárselo todo al instinto y a cometer más fallos.
La consecuencia práctica es clara: en el tramo previo al control, la supervivencia contra el reloj pesa más que la fuerza real de juego. Y cuando eso sucede en un Mundial, muchos se preguntan si es deseable que el campeón se decida por quién gestiona mejor el caos del apuro más que por quién juega mejor ajedrez dentro de condiciones razonables.
El reloj de Fischer y el nacimiento del incremento
Bobby Fischer no solo fue un genio sobre el tablero; también dejó una huella profunda en la forma en que medimos el tiempo en ajedrez. Su famosa patente introdujo el modelo de reloj con incremento (o incremento Fischer), una idea que cambió para siempre la relación entre jugador y apuro de tiempo.
El concepto básico es sencillo: cada vez que un jugador realiza una jugada, se añaden automáticamente unos segundos fijos a su reloj (por ejemplo, 30 segundos). Esto significa que, incluso si se ha consumido casi todo el tiempo principal, siempre habrá una pequeña «recarga» tras cada movimiento, suficiente para seguir jugando sin caer en una lotería total.
Con este diseño, el apuro de tiempo ya no es una agonía prolongada en la que hay que hacer 15 jugadas en un minuto, sino que queda limitado prácticamente a una sola decisión complicada. Después de cada jugada, el jugador vuelve a disponer de un margen mínimo para pensar, anotar, mover y pulsar el reloj sin entrar en pánico absoluto.
En la práctica, el incremento ha revolucionado finales y posiciones técnicas. Situaciones que antes eran muy difíciles de ganar por pura falta de tiempo ahora se pueden explotar con precisión, porque el jugador que presiona no se ve forzado a sacrificar exactitud por velocidad. Un incremento de 30 segundos por jugada en ajedrez clásico suele considerarse suficiente para mantener un nivel de calidad aceptable incluso en posiciones complejas.
Mucha gente sostiene que el estilo de jugadores como Magnus Carlsen, con su capacidad para exprimir posiciones ligeramente mejores hasta el extremo, se ha visto favorecido por la existencia de este incremento estable. El rival, por muy apurado que esté, conserva siempre un mínimo de tiempo para defenderse con orden, de modo que la victoria llega por mérito ajedrecístico y no por colapso total frente al reloj.
Incremento como seguro antiapuros: lo que dice la ciencia
Varios trabajos académicos han analizado cómo el tiempo disponible afecta a las decisiones de los ajedrecistas. Los resultados apuntan a una misma idea central: cuanto más severa es la presión de tiempo, peor es la calidad objetiva de las jugadas, y mayor es la probabilidad de cometer errores groseros que un motor denunciaría al instante.
Además, cuando el reloj aprieta, se observa un cambio en el perfil de riesgo: algunos jugadores tienden a asumir decisiones más impulsivas y a simplificar en exceso, mientras que otros se bloquean, recalculan las mismas variantes sin avanzar y se quedan sin tiempo en posiciones que podrían jugarse con relativa calma.
También se ha medido el impacto sobre el control cognitivo: la capacidad de planificar a medio plazo, inhibir jugadas tentadoras pero malas y cambiar de plan cuando la posición lo exige se deteriora claramente en apuros extremos. Es decir, justo las habilidades que más definen al jugador fuerte son las que más sufren cuando el reloj se desploma.
El incremento desde la primera jugada funciona, en este contexto, como una auténtica póliza de seguro frente a los apuros más destructivos. No elimina la presión ni mucho menos, pero evita que una mala gestión del tiempo en una fase concreta te condene a encadenar movimientos a ciegas durante 10 o 15 jugadas seguidas.
Cuando el incremento solo entra en juego a partir de la jugada 41 o 61, el mensaje implícito para el jugador es similar a decirle a alguien que solo tendrá acceso a un seguro médico a partir de cierta edad. Hasta entonces, cada pequeño contratiempo se vive con una tensión adicional, porque cualquier descuido puede dejarte sin margen de reacción justo cuando más lo necesitas.
Tradición frente a lógica: ¿qué se está defendiendo realmente?
Uno de los argumentos recurrentes para mantener los esquemas actuales de tiempo en el Campeonato del Mundo y el Candidatos es la apelación a la tradición. Se asume que lo que se ha hecho durante décadas debe preservarse, aunque el contexto en el que surgieron esas normas ya no exista.
La fijación con las 40 primeras jugadas sin incremento es un buen ejemplo de este apego al pasado. Esa estructura tenía sentido cuando servía para coordinar con los aplazamientos, pero fuera de ese entorno se convierte en una losa innecesaria que empuja a los jugadores hacia apuros agónicos antes del control.
La comparación con otros elementos tradicionales resulta reveladora. Seguir anotando las jugadas a mano o pulsar relojes físicos en torneos presenciales son prácticas que no alteran de forma dramática el nivel de estrés ni la calidad de las decisiones. Podrían eliminarse o automatizarse, pero se mantienen porque forman parte del sabor clásico del ajedrez sin perjudicar en exceso el juego.
El control de tiempo, en cambio, tiene un impacto directo y medible en la calidad de las partidas. Afecta a cuánto pueden profundizar los jugadores, a cuántos recursos defensivos encuentran y a cuántos errores se cometen. Por eso muchos consideran que aquí no basta con «porque siempre se ha hecho así»; se necesita un criterio más racional y coherente.
Paradójicamente, si la FIDE quisiera ser realmente rompedora, podría organizar un Campeonato del Mundo sin planillas físicas, con relojes totalmente automatizados y transmisión digital perfecta, y seguiría siendo ajedrez clásico. Lo que no se termina de cuestionar con la misma valentía es el esquema de tiempos, cuando es precisamente ahí donde más se juega la calidad final del espectáculo.
Ritmos de juego en ajedrez: cómo se estructuran los controles de tiempo
En el día a día de plataformas online como Chess.com, los distintos ritmos de juego se especifican con un formato muy sencillo, normalmente X|Y o X+Y. La X indica los minutos iniciales de cada jugador para toda la partida y la Y corresponde a los segundos de incremento que se añaden después de cada jugada.
Por ejemplo, un control de tiempo 3|0 significa que cada jugador dispone de tres minutos sin incremento. Es un blitz puro y duro, donde el tiempo solo baja. En cambio, un 5|5 implica que ambos empiezan con cinco minutos y reciben cinco segundos de incremento tras cada movimiento, lo que suaviza mucho los apuros en posiciones finales largas.
Cuando hablamos de ajedrez clásico, los controles pueden volverse bastante más enrevesados, especialmente en el ámbito presencial. El ejemplo oficial de la FIDE para el Campeonato del Mundo ya lo demuestra: 120 minutos para 40 jugadas, 60 minutos más para las 20 siguientes y 15 minutos adicionales para el resto, con incremento de 30 segundos desde la jugada 61. Es un sistema por etapas, con hitos concretos que cambian el ritmo de la partida.
En federaciones como USChess también son habituales formulaciones del tipo 40/2, SD/1, que se lee como «40 jugadas en dos horas, seguidas de una hora a caída de bandera para el resto», detalles que suelen tratarse en seminarios online para árbitros. A eso se pueden añadir retrasos o incrementos, lo que complica aún más la descripción y el seguimiento para el jugador menos experimentado.
Controles clásicos muy utilizados en clubes locales, como G/60 d5, significan que cada jugador tiene 60 minutos para toda la partida con un retraso de cinco segundos. El retraso no es igual que el incremento: en un retraso, el reloj del rival se queda parado durante esos cinco segundos antes de comenzar a correr, pero el tiempo total disponible no aumenta jugada a jugada.
Rápidas, blitz y bala: la familia completa de ritmos
Además de los ritmos clásicos largos, el ajedrez moderno se reparte entre modalidades más rápidas, cada una con su cultura y su público. En sitios como Chess.com se consideran ritmos rápidos aquellos en los que cada jugador dispone de más de 10 minutos. El control más popular en esa franja es el 15|10, aunque también se ven mucho el 30|0 o el 60|0.
El propio Kramnik advirtió en alguna ocasión que jugar demasiado rápido puede hacer que uno pierda el hábito de concentrarse durante varias horas, algo esencial para el ajedrez serio. Aun así, los ritmos rápidos son muy apreciados porque permiten partidas relativamente profundas sin exigir una tarde entera de dedicación.
Entre 3 y 10 minutos por jugador entramos en terreno blitz, la modalidad más jugada online. Controles como 3|0, 3|2, 5|0 o 5|5 mueven millones de partidas diarias. Aquí el cálculo profundo deja algo de espacio al instinto y al manejo del reloj, y muchos grandes maestros confiesan que es muy difícil jugar «solo una partida»; el formato engancha.
Por debajo de los 3 minutos tenemos el territorio bala (bullet), con 1|0, 2|1 e incluso partidas de 30 segundos por jugador. Aquí el reloj se convierte prácticamente en el factor dominante, y la precisión teórica pierde gran parte de su importancia. Es un formato espectacular de ver, pero dista mucho de lo que se entiende por ajedrez clásico.
Curiosamente, en rápidas, blitz y bala la mayoría de los controles de tiempo no contemplan hitos artificiales como la jugada 40 o la 60: el jugador gestiona un único bloque de tiempo más un posible incremento, y nada más. Esa simplicidad contrasta con la maraña de etapas que se usa en el Mundial clásico, que mantiene una estructura mucho más rígida y heredada.
Inconsistencias de la FIDE en controles de tiempo del ciclo mundial
Si analizamos los últimos ciclos del Campeonato Mundial y de los Torneos de Candidatos, nos encontramos con una sorprendente cadena de cambios y contradicciones. La FIDE ha ido modificando el momento en el que entra en juego el incremento, sin que exista una explicación del todo convincente desde el punto de vista lógico.
En algunos eventos recientes, como el Candidatos 2022 o el Mundial 2023, el incremento de 30 segundos por jugada solo comenzaba a contar a partir de la jugada 61. En otros, como se ha anunciado para el Candidatos 2026 y el Campeonato del Mundo 2024, ese incremento arranca ya en la jugada 41. Y en el famoso match Carlsen-Caruana de 2018 se optó directamente por tener incremento desde el primer movimiento.
Esta oscilación entre distintos modelos da la sensación de que no hay un criterio unificado ni una filosofía clara sobre qué se quiere primar: la estabilidad de tiempo, el espectáculo de los apuros o una combinación intermedia. Para un juego tan lógico como el ajedrez, muchos consideran que esta arbitrariedad en las reglas del reloj resulta difícil de encajar.
Aún más llamativa es la diferencia entre los eventos abiertos y los femeninos. En estos últimos, la FIDE ha utilizado en ocasiones incremento desde la primera jugada, mientras que en los abiertos se insiste en retrasarlo hasta la jugada 41. La pregunta es inevitable: ¿por qué se protege más del apuro extremo a las jugadoras que a los jugadores? ¿Hay algún argumento técnico detrás o se trata de una especie de paternalismo mal entendido?
El contraste con los formatos rápido y blitz también es evidente. En esos ritmos se utilizan controles simples del tipo 15|10 o 3|2, sin etapas por jugadas, sin bloques de 40 o 60 movimientos. En cambio, en el ajedrez clásico, que debería ser el paradigma de la lógica y la consistencia, se mantiene un esquema por tramos que nadie termina de justificar con fuerza más allá de la costumbre.
Algunos aficionados disfrutan de los apuros de tiempo salvajes, de las piezas volando y de los jugadores sudando frente al reloj. Para eso existen ligas de exhibición y formatos híbridos más orientados al espectáculo. Pero el Torneo de Candidatos y el Mundial clásico son el escaparate máximo del ajedrez serio; su prioridad debería ser ofrecer las mejores condiciones posibles para que gane el que juegue mejor, no el que aguante mejor la tormenta del reloj.
Una propuesta coherente: 130 minutos + 30 segundos desde la primera jugada
Una de las ideas que más consenso está ganando entre analistas es adoptar un control de tiempo único, lógico y fácil de entender para todo el ciclo del Campeonato Mundial: algo como 130 minutos más 30 segundos de incremento desde la primera jugada para toda la partida.
El argumento es que, al no dar incremento en las primeras 40 jugadas, la FIDE está recortando de facto unos 40 minutos potenciales de tiempo total que podrían distribuirse de manera más uniforme. Reduciendo ligeramente el tiempo base y añadiendo incremento desde el inicio, se consigue una duración de ronda similar a la actual, pero con un perfil de apuros mucho más manejable.
Un formato de 130 + 30 desde el movimiento inicial ofrece a los jugadores la seguridad de que, aunque gasten gran parte del tiempo en una fase concreta, siempre dispondrán de un colchón mínimo por jugada para evitar el colapso total. El apuro sigue existiendo, la tensión también, pero se elimina la montaña rusa extrema que hoy se concentra alrededor de los hitos de jugada 40 y 60.
Además, un control unificado de este tipo haría que las reglas del reloj fueran mucho más fáciles de comunicar al público general. Se acabaría el tener que explicar bloques de jugadas, añadidos de minutos intermedios y distintas fases del incremento. Un solo esquema servirá para todas las partidas clásicas del ciclo mundial, masculinas y femeninas, sin excepciones ni matices confusos.
Si de verdad se pretende que el Campeonato del Mundo y el Torneo de Candidatos sean los grandes referentes del ajedrez clásico, lo lógico es que sus controles de tiempo sean consistentes, racionales y centrados en maximizar la calidad del juego. El reloj debería ser una herramienta justa, no un protagonista caprichoso que desequilibra partidas por razones ajenas a la fuerza real de los contendientes.
Al final, todo este debate sobre incrementos, bloques de jugadas y tradición nos lleva a la misma idea de fondo: el mejor ajedrez aparece cuando los jugadores cuentan con tiempo suficiente para pensar, pero no tanto como para que la partida se eternice. Ajustar bien ese equilibrio es clave para que el campeón del mundo se decida por méritos estrictamente ajedrecísticos y para que los aficionados disfruten de partidas profundas, tensas y, sobre todo, justas desde el punto de vista del reloj.


