- El ajedrez permite ganar dinero desde apps de duelos uno contra uno hasta grandes torneos presenciales con importantes bolsas de premios.
- La historia del Campeonato del Mundo refleja la evolución de formatos, campeones y control sobre el título, desde Steinitz hasta la actual era FIDE.
- Los datos recientes muestran una fuerte concentración de premios en la élite, con grandes diferencias entre los primeros del ranking y el resto.
- Eventos como el Mundial, el Torneo de Candidatos o grandes abiertos marcan la distribución anual de premios y las opciones reales de vivir del ajedrez.

El ajedrez siempre se ha visto como un juego de inteligencia, pero cada vez más también es un deporte donde se mueven premios y dinero muy reales. Desde partidas entre amigos por unos euros hasta campeonatos del mundo con bolsas millonarias, el tablero de 64 casillas se ha convertido en un escenario donde la estrategia no solo se mide en puntos Elo, sino también en ingresos.
En los últimos años se han multiplicado las formas de ganar premios en ajedrez: torneos online con dinero real, apps que organizan duelos a dos jugadores, desafíos de formación con recompensas, circuitos profesionales de élite y, por supuesto, el histórico Campeonato del Mundo. A continuación verás, con mucho detalle, cómo funciona este ecosistema de premios, qué cifras se manejan y qué posibilidades reales tiene un jugador de “vivir del ajedrez”.
Jugar al ajedrez por dinero: torneos, apps y premios en efectivo
Más allá del ajedrez de club de toda la vida, han surgido plataformas en las que puedes jugar partidas por premios en metálico contra otros usuarios. Una de las fórmulas más llamativas son los torneos para dos jugadores tipo Skillz: entras a una partida, el rival hace lo mismo y el ganador se lleva un premio en efectivo mientras que el perdedor asume el coste de la inscripción.
Este formato de ajedrez con dinero real suele funcionar como un modo de torneo rápido uno contra uno. La interfaz está simplificada (pantalla táctil o botones grandes) para que lo importante sea tu habilidad, no la tecnología. Si eres claramente mejor que la media, puedes encadenar victorias y acumular premios, que luego se pueden retirar o canjear por recompensas en otros juegos del mismo ecosistema.
Estos juegos están pensados para que cualquier tipo de jugador encuentre su hueco: desde quien solo quiere probar suerte en partidas rápidas con pequeños premios, hasta aficionados serios que buscan un entorno competitivo constante en el móvil. Para quienes empiezan desde cero, algunas apps plantean un “viaje” de aprendizaje: primero practicas, luego entras en torneos gratuitos y, cuando te ves preparado, pasas a los torneos de dinero real.
La clave, en cualquier caso, es recordar que se trata de competiciones de habilidad: si tu nivel no es suficiente o te precipitas, lo normal es perder dinero. Igual que en un torneo presencial, la práctica, el estudio y la experiencia para gestionar los tiempos y los nervios marcan la diferencia entre ganar premios o quedarte a las puertas.
Retos y desafíos online con premios: el ejemplo de Chess.com
Otra vía interesante para acceder a premios en ajedrez son los desafíos de entrenamiento organizados por grandes plataformas. Un ejemplo muy claro es el reto “Impulsa tu Ajedrez” de Chess.com, concebido como un programa anual para mejorar el nivel de juego al tiempo que se reparten recompensas entre los participantes activos.
Al inscribirte en un desafío de este tipo sueles tener que marcar objetivos personales de mejora: subir X puntos de Elo, completar un número mínimo de lecciones, revisar tus partidas con cierta frecuencia, etc. A cambio, obtienes acceso a un club específico de estudiantes, guías de estudio y contenidos estructurados a lo largo del año, pensados para que no te pierdas entre millones de ejercicios y vídeos.
La parte más atractiva para muchos es que, además del componente formativo, hay premios periódicos: clases particulares con entrenadores titulados, cupones para plataformas de cursos como Chessable, o suscripciones premium a la propia web. Algunos retos incluso ofrecen la opción de ser seleccionado para torneos especiales como el CoachChamps, donde un grupo de estudiantes trabaja a la vista del público con entrenadores de élite y disputa una competición de varias semanas.
Este tipo de iniciativas también tiene un fuerte componente social: la idea es que puedas conectarte con otros jugadores y entrenadores, pedir y dar recomendaciones, compartir planes de estudio y, en definitiva, mantener la motivación. Cuando te atascas en tu progresión, tener un grupo donde comentar dudas y recibir sugerencias marca una gran diferencia.
En resumen, este modelo de retos combina mejora ajedrecística y premios, pero el foco principal está en ayudarte a estudiar de forma efectiva y a largo plazo. Los premios funcionan como un incentivo extra para que no abandones a mitad de camino y sigas entrenando durante todo el año.
Breve repaso histórico: campeones mundiales y evolución del título
La historia de los premios en ajedrez está íntimamente ligada a la evolución del Campeonato del Mundo. Mucho antes de que hubiera una federación internacional regulando nada, ya existían grandes maestros oficiosos y duelos con bolsas respetables para la época, financiadas por mecenas y círculos de aficionados acomodados.
Desde el Renacimiento se reconocen figuras que, sin un título oficial, eran considerados los mejores del mundo. Uno de los primeros fue Ruy López de Segura, sacerdote y ajedrecista español del siglo XVI, a quien Felipe II envió a Italia para medirse con los mejores jugadores del momento. Ruy López derrotó a los grandes maestros italianos, hasta que en 1575 fue superado por Leonardo da Cutri en un encuentro que muchos consideran, de forma informal, el primer Campeonato del Mundo de la historia.
Durante los siglos siguientes fueron apareciendo otros maestros destacados, como Paolo Boi y el propio Leonardo da Cutri en Italia hacia 1575, Alessandro Salvio y Gioacchino Greco alrededor de 1600-1620, o, más tarde, grandes figuras francesas como Legall de Kermeur y François-André Danican Philidor en los siglos XVIII y XIX. Todos ellos eran, a efectos prácticos, los “número uno” de su tiempo, aunque sin un título reglado.
Ya en el siglo XIX la lista de campeones oficiosos incluye nombres como Alexandre Deschapelles y Louis de la Bourdonnais en Francia, Howard Staunton en Inglaterra, Adolf Anderssen en Alemania y Paul Morphy en Estados Unidos. El puente entre estos campeones informales y el título oficial lo tendió Wilhelm Steinitz, que tras sus victorias contra Anderssen en 1866 y su triunfo en el poderoso torneo de Londres de 1872, decidió proclamarse “campeón del mundo”.
Aunque nadie había reconocido formalmente ese título, tampoco surgieron rivales con suficiente peso para cuestionarlo hasta que, en 1883, Johannes Zukertort venció el fortísimo torneo de Londres por delante del propio Steinitz y reclamó también la condición de campeón mundial. La disputa dio lugar a una dura negociación para organizar un encuentro directo, ya que ninguno aceptaba figurar como simple aspirante, y finalmente, en 1886, se jugó el que se considera el primer Campeonato del Mundo oficial, ganado por Steinitz por 10 victorias, 5 derrotas y 5 tablas.
Campeonatos pre-FIDE: duelos privados y condiciones singulares
Entre 1886 y la Segunda Guerra Mundial el título mundial fue prácticamente propiedad privada de los campeones. No existía la FIDE ni otro organismo que fijara el formato, así que eran los propios campeones quienes decidían: contra quién, cuándo, dónde y con qué reglas se ponía en juego la corona.
Tras su victoria contra Zukertort, Steinitz defendió el título varias veces: en La Habana 1889 frente a Mijaíl Chigorin (10 triunfos, 1 empate y 6 derrotas, en un formato “mejor de 20 partidas más desempate”), en Nueva York 1890-91 ante Isidor Gunsberg, y de nuevo en La Habana 1892 contra Chigorin, con sistemas que mezclaban número de victorias y partidas totales, algo muy alejado de los formatos modernos.
En 1894 el alemán Emanuel Lasker arrebató la corona a Steinitz en un encuentro celebrado entre Nueva York, Filadelfia y Montreal, donde se disputaba el título al primero que alcanzara 10 victorias. Lasker iniciaría así el reinado más largo de la historia: mantuvo el título hasta 1921, con defensas ante el propio Steinitz (Moscú 1897), Frank Marshall (1907), Siegbert Tarrasch (1908), David Janowski (1909 y 1910) y Carl Schlechter (1910), con condiciones que a veces favorecían claramente al campeón.
En el duelo contra Schlechter, por ejemplo, se especuló con reglas no completamente públicas: si el aspirante ganaba el match por solo un punto (marcadores tipo 1-0, 2-1 o 3-2), se consideraría empatado y Lasker conservaría igualmente el título. Este tipo de cláusulas evidencian hasta qué punto el campeón controlaba la situación y, en la práctica, también el reparto de premios.
Con la victoria de José Raúl Capablanca sobre Lasker en La Habana 1921 comenzó una nueva etapa. El genio cubano, conocido como el “niño prodigio”, perdió sin embargo su corona en su primera defensa contra Alexander Alekhine en Buenos Aires 1927. Alekhine tuvo luego un largo reinado, con defensas ante Efim Bogoljubov en 1929 (en varias ciudades de Alemania y Países Bajos) y 1934 (en Alemania), y una derrota ante Max Euwe en 1935 que logró vengar dos años después, recuperando el título en 1937.
Tras la muerte de Alekhine en 1946, el trono quedó vacante y el ajedrez necesitaba una solución más institucional. Fue entonces cuando la FIDE dio el paso para asumir la organización del Campeonato del Mundo, algo que cambiaría para siempre la forma de clasificar aspirantes, fijar bolsas de premios y decidir sedes.
La era FIDE: ciclos, candidatos y reunificación del título
A partir de 1948 la FIDE se hizo cargo del Mundial y organizó un torneo especial en La Haya y Moscú para decidir quién sería el nuevo campeón. Participaron Mijaíl Botvínnik, Vasili Smyslov, Paul Keres, Max Euwe y Samuel Reshevsky, y el triunfo cayó del lado de Botvínnik, que inauguró el dominio de la “escuela soviética” durante décadas.
Entre 1948 y principios de los 90, casi todos los campeones y aspirantes de la cima mundial se formaron bajo el paraguas soviético, con una sola gran excepción: la victoria de Bobby Fischer sobre Borís Spasski en Reikiavik 1972. El título pasó de Botvínnik a Smyslov, Tal, Petrosián, Spasski y Kárpov, con múltiples revanchas gracias a una regla que permitía al campeón derrotado disputar un match de revancha directo, algo que hoy ya no existe.
Fischer, por su parte, nunca llegó a defender su título. En 1975 estaba programado un match en Manila contra Anatoli Kárpov bajo el sistema “primero en ganar 10 partidas”, pero el estadounidense no se presentó, por lo que Kárpov fue declarado campeón por incomparecencia. Con Kárpov y, más tarde, Garri Kaspárov comenzó una época de grandes premios y enorme repercusión mediática, especialmente en la antigua URSS.
Los duelos Kárpov-Kaspárov de los años 80 son ya legendarios: Moscú 1984 (match interminable anulado tras 48 partidas), Moscú 1985, Londres-Leningrado 1986, Sevilla 1987 y Nueva York-Lyon 1990. Los formatos variaban entre mejor de 24 partidas o primero en lograr 6 victorias, y las bolsas de premios eran de las más jugosas del panorama deportivo internacional en su momento, con ambos jugadores codeándose en ingresos con estrellas del boxeo, el tenis o la Fórmula 1.
En 1993, tras enfrentarse una y otra vez tanto en el tablero como en los despachos de la FIDE, Kaspárov rompió con la federación y organizó un campeonato paralelo bajo la Professional Chess Association (PCA). Ese año se disputaron dos “mundiales”: Kaspárov contra Nigel Short en Londres, por parte de la PCA, y Kárpov contra Jan Timman en un ciclo organizado por la FIDE. A partir de ahí, el título mundial quedó escindido durante más de una década.
La PCA continuó con matches como Kaspárov-Anand en Nueva York 1995, la coronación de Vladímir Krámnik en Londres 2000 tras derrotar a Kaspárov, y la posterior defensa de Krámnik ante Peter Leko en Brissago 2004. Mientras tanto, la FIDE experimentaba con formatos de torneos por eliminación directa para decidir su campeón: Aleksandr Jálifman (Las Vegas 1999), Viswanathan Anand (Nueva Delhi-Teherán 2000), Ruslán Ponomariov (Moscú 2002), Rustam Kasimdzhanov (Trípoli 2004) y Veselin Topalov (Potrero de los Funes 2005, en un torneo todos contra todos).
Tras varios intentos fallidos de reunificación, el proceso culminó en 2006 con el match entre Krámnik y Topalov en Elistá, que ganó Krámnik. Desde entonces el título volvió a estar unificado bajo la FIDE, con nuevos campeones como Anand, Magnus Carlsen, Ding Liren y, más recientemente, Dommaraju Gukesh, que con 18 años se ha convertido en uno de los campeones mundiales más jóvenes de la historia.
Lista de campeones mundiales y años de reinado
Al repasar los campeones mundiales se comprende mejor cómo se han distribuido los premios y la fama a lo largo de más de un siglo. Entre los campeones “clásicos” anteriores a la era FIDE figuran, como hemos visto, jugadores como Ruy López, Philidor, La Bourdonnais, Staunton, Anderssen o Morphy, que dominaron en distintos periodos desde el siglo XVI hasta la segunda mitad del XIX.
En 1886, con el match Steinitz-Zukertort, comienza el registro claro de campeones mundiales únicos: Wilhelm Steinitz (1886-1894), Emanuel Lasker (1894-1921), José Raúl Capablanca (1921-1927), Alexander Alekhine (1927-1935), Max Euwe (1935-1937), de nuevo Alekhine (1937-1946) y, tras la transición a la FIDE, Mijaíl Botvínnik (con varios periodos entre 1948 y 1963), Vasili Smyslov, Mijaíl Tal, Tigrán Petrosián, Borís Spasski y Bobby Fischer.
Más tarde llegaron los largos reinados de Anatoli Kárpov (1975-1985) y Garri Kaspárov (1985-1993 como campeón FIDE, y hasta 2000 como campeón “clásico”), seguidos por Vladímir Krámnik (2000-2006), Viswanathan Anand (2007-2013), Magnus Carlsen (2013-2023), Ding Liren (2023-2024) y Gukesh D (2024-presente). Cada uno de estos reinados se asocia a ciclos de candidatos, contratos de patrocinio y escalamientos de premios muy diferentes.
Si miramos quiénes han logrado más títulos mundiales, destacan nombres como Anatoli Kárpov con siete victorias en mundiales de distinto formato (entre 1975 y 1998), Emanuel Lasker y Garri Kaspárov con seis cada uno, Mijaíl Botvínnik, Viswanathan Anand y Magnus Carlsen con cinco, Wilhelm Steinitz y Alexander Alekhine con cuatro, y Vladímir Krámnik con tres. Son, en gran medida, los ajedrecistas que más dinero han movido en premios en sus respectivas épocas.
Cuánto dinero ganan realmente los grandes maestros de élite
En los últimos tiempos se han empezado a publicar datos detallados sobre las ganancias en premios de los mejores ajedrecistas, algo que antes era bastante opaco. World Chess, por ejemplo, analizó los resultados de 32 grandes torneos internacionales de 2018, incluyendo campeonatos del mundo y competiciones de élite, y calculó que la bolsa total de premios ascendía a unos 4,8 millones de euros.
Según esos datos, el número uno mundial Magnus Carlsen encabezó la lista con unos 745.000 euros ganados en torneos, seguido muy de cerca por Fabiano Caruana, con unos 719.000. La mayor parte de estas cifras provenía del match por el Campeonato del Mundo, cuya bolsa rondaba el millón de euros y se repartió casi al 50 %, ya que las partidas clásicas terminaron en empate y el título se decidió en rápidas.
Por detrás de Carlsen y Caruana, el tercer puesto fue para Hikaru Nakamura con unos 229.000 euros, seguido muy de cerca por Shakhriyar Mamedyarov (225.000) y Sergey Karjakin (219.000). Entre los tres apenas igualaban la cifra del segundo clasificado, lo que da una idea de la enorme concentración de premios en la cima.
La primera mujer de la lista fue la campeona mundial Wenjun Ju, séptima en la clasificación general, con unos 194.000 euros. Por detrás quedaron jugadores tan fuertes como Levon Aronian, Wesley So, Maxime Vachier-Lagrave o Viswanathan Anand. Otras ajedrecistas destacadas en ese ranking fueron Zhongyi Tan (88.000), Kateryna Lagno (cerca de 68.000), Sarasadat Khademalsharieh, Tingjie Lei, Aleksandra Goryachkina, Valentina Gunina, Anna y Mariya Muzychuk, Alexandra Kosteniuk, Zhansaya Abdumalik, Jolanta Zawadzka, Inna Gaponenko, Natalija Pogonina, Alisa Galliamova o Dinara Saduakassova, entre otras.
En el caso de los hombres, además de los ya citados, figuraban nombres como Ding Liren, Daniil Dubov, Jan-Krzysztof Duda, Vladislav Artemiev, Samuel Shankland, Alexander Grischuk, Richard Rapport, Dmitry Jakovenko, Quang Liem Le, Michael Adams, Vladimir Fedoseev, Nikita Vitiugov, Radoslaw Wojtaszek, Anton Korobov o muchos otros grandes maestros consolidados. Resulta llamativo que, pese al nivel de estos jugadores, la media de premios de los 50 mejor pagados rondara solo los 29.000 euros anuales, una cifra muy modesta si tenemos en cuenta los costes de vida y de preparación.
Además, estos datos solo incluyen premios de torneos, dejando fuera los cachés de participación, los patrocinios personales, los contratos con clubes, las clases particulares, streams, libros o cursos online. Aun así, sirven para dibujar un panorama realista: fuera del top absoluto, vivir únicamente de los premios en ajedrez es muy complicado y muchos profesionales necesitan diversificar sus fuentes de ingresos.
Los torneos más rentables del panorama internacional
Si desglosamos de dónde salen esos premios, se observa que una parte enorme de la bolsa anual procede de unos pocos eventos. Entre el Campeonato del Mundo, el Torneo de Candidatos y el Grand Prix se concentra casi la mitad del dinero repartido, lo que explica por qué es tan determinante clasificarse para esos circuitos cerrados.
Otros torneos especialmente jugosos son los Campeonatos del Mundo de rápidas y relámpago, eventos del circuito Grand Chess Tour, el Altibox Norway Chess o abiertos muy bien dotados como el Festival de Gibraltar, que en algunas ediciones ha manejado bolsas cercanas a los 277.000 euros. Para muchos grandes maestros, entrar en la lista de invitados de estos torneos es clave para cuadrar el presupuesto anual.
El calendario internacional de ajedrez de élite se ha convertido en una especie de gira casi ininterrumpida, con actividad de alto nivel en torno a dos de cada tres días del año (unos 246 días según algunas estimaciones). Para el aficionado es un lujo, porque siempre hay partidas fuertes que seguir, pero para los profesionales supone un equilibrio delicado entre jugar lo suficiente para ganar premios y no quemarse física o mentalmente.
Los gastos de un jugador puntero no son precisamente bajos: hay que pagar entrenadores, segundos, analistas, alojamiento en hoteles, viajes, preparación física, psicólogos deportivos y, en algunos casos, agentes o managers. A diferencia de otros deportes más masivos, el ajedrez rara vez ofrece salarios fijos astronómicos, de modo que el margen entre premios y gastos puede ser estrecho incluso en el top 50 mundial.
Por todo ello, no resulta extraño que muchos aficionados, cuando ven estas cifras, concluyan que “sale más a cuenta jugar al fútbol o al póker” si el objetivo es puramente económico. El ajedrez profesional, salvo para una élite reducida, sigue siendo más una vocación con ingresos aceptables que un camino directo a la riqueza.
Con este panorama, la combinación de historia, formatos competitivos, apps con dinero real y circuitos de élite dibuja un escenario en el que el ajedrez ofrece múltiples formas de conseguir premios, pero también deja claro que solo unos pocos llegan a las cifras que vemos en los grandes titulares, mientras que la mayoría lucha por equilibrar su pasión por el juego con la realidad económica del día a día.
